Un cambio repentino

La familia Harris era una gran familia, conformada por dos progenitores y sus tres hijos, todos ellos de ascendencia norteamericana. Todas las Navidades, desde que tenían uso de razón, las pasaban en una casa apartada del ruido de la ciudad en Albuquerque (Nuevo México), en medio del monte. Dicha tradición se había hecho desde que […]

La familia Harris era una gran familia, conformada por dos progenitores y sus tres hijos, todos ellos de ascendencia norteamericana. Todas las Navidades, desde que tenían uso de razón, las pasaban en una casa apartada del ruido de la ciudad en Albuquerque (Nuevo México), en medio del monte. Dicha tradición se había hecho desde que la madre era muy pequeña y la quiso trasladar a su familia actual. 

El padre tenía 57 años, era piloto y la mayor parte del año se lo pasaba viajando, tanto a distintos puntos de Estados Unidos como de Latinoamérica, Europa o Asia. Por otra parte, la madre tenía 56 años y se dedicaba a organizar eventos, pero desde aquel abril no trabajaba, porque le detectaron un cáncer de hígado. A día 1 de diciembre seguía con tratamientos intensivos y, de hecho, los médicos le daban una esperanza de vida bastante alta, pues el tumor llevaba quieto y sin haberse expandido durante tres meses. 

En cuanto a los hijos, el mayor se llamaba Noah, de 24 años, y trabajaba como cinematógrafo. Ese mismo año se mudó a Canadá por un proyecto muy importante que marcaría el inicio de su carrera profesional: la grabación de una película. El segundo hijo, llamado Blake, con 21 años recién cumplidos, estudiaba Ingeniería y acababa de encontrar al amor de su vida, de la cual no se despegaba. Por último, el más pequeño se llamaba Josh, tenía 18 años y estaba en su último año de colegio. No sacaba muy buenas notas últimamente y no iba a entrar en la carrera que quería, debido a que necesitaba una beca para hacer un doble grado de Criminología con Derecho, porque sus padres no podían pagarle una universidad privada tan cara, que era el único sitio donde se podía estudiar, aunque en el punto en el que se encontraba se conformaba con cualquier trabajo. Además, nunca estaba en casa y sus padres estaban muy preocupados porque creían que algún día podría llegar a ocurrirle una desgracia. Su madre, especialmente, pasaba días sin dormir pensando en dónde estaría, a la vez que luchaba y luchaba por intentar que estudiase para no ser un fracasado en la vida. Sin embargo, a su edad era difícil hacerle entrar en razón, y más cuando estaba muy influenciado por su entorno social, por sus amigos. 

Un día en el que el frío arrasaba, hicieron una videollamada todos, ya que Noah y el padre se encontraban en diferentes países. En ella, ambos se pusieron de acuerdo para coger vuelos para volver a casa en Navidad. Tendrían que ir alquilando la casa rural porque si no la cogería otra familia. Seguirían la tradición de los años anteriores. Mientras la madre explicaba el plan, se escuchó un suspiro a sus espaldas, era Josh escuchando la conversación, diciendo que se negaba a ir ese año porque nunca le había gustado esa vieja, empobrecida y sucia casa.  

La Familia Harris tenía un estatus de clase media, acercándose más a la baja. Desde que la madre no trabajaba, no podían disponer de muchos lujos, aunque lo bonito era el recuerdo de tantos años. Su madre le dijo explícitamente a Josh que iría obligado. Él, en cambio, ignoró esas palabras y le preguntó a su padre si podía pasar la Navidad con su mejor amigo, dado que iban a irse a Alaska a hacer snowboard y a instalarse en una gran casa con toda clase de lujos. El padre, impresionado, asintió con la cabeza y la madre, desesperada, se indignó diciendo que no se lo permitía, que la Navidad era para estar en familia, a la vez que se sorprendió de la respuesta que le dio su marido. Se notaba que él viajaba demasiado y que no sufría del mismo modo en que ella sí lo hacía. 

Pasaban los días y la casa de los Harris iba reflejando el espíritu navideño. Colocaron el árbol, el belén, guirnaldas y múltiples luces dispersas tanto por el exterior como por el interior de la casa. Todo esto lo hacía la madre sola, ya que nadie se disponía a ayudarla o, simplemente, no estaban. Dada su enfermedad, los médicos le recomendaban reposo, aunque ella no lo cumplía porque estaba falta de ayuda. Una tarde, mientras hacía unas galletas notó unos leves dolores que provenían de la zona del hígado. No se sobresaltó demasiado y continuó con lo que estaba haciendo, pero aquello no parecían muy buenas señales.

Se iba aproximando la mitad del mes, allá por el 10 de diciembre de madrugada. La madre se despertó en mitad de la noche al escuchar unos ruidos. Era la puerta principal abriéndose. Se asomó y vio cómo su hijo pequeño, Josh, se desplomaba y caía al suelo. Inmediatamente, fue a ver qué era lo que había pasado. Dado que no respondía, le tomó el pulso y, finalmente, llamó a una ambulancia. Durante todo el trayecto la madre sufría acelerados y seguidos pinchazos, esta vez en el abdomen. Se quejaba bastante y, por consiguiente, un médico se acercó y le hizo una inspección:

-¿Te duele? -preguntó el médico, palpando el abdomen.

-¡AAAAAGH! -exclamó la mujer, con mucho dolor.

-Te haremos unas pruebas al llegar. -respondió el hombre.

Al llegar al hospital le hicieron una revisión a la madre y, efectivamente, le dijeron que no debía hacer nada de esfuerzo porque últimamente el tumor había estado expandiéndose hacia el abdomen y no era nada bueno. Por otra parte, le informaron de que a Josh se le había detectado cocaína en sangre. También le comentaron que parecía no ser la primera vez que consumía estupefacientes, dado que presentaba ciertas marcas en el brazo y en la pierna de ocasiones anteriores. Todo iba mal para la familia, pero aún más para la madre, que tenía que llevarse todo a casa sola, mientras luchaba contra una enfermedad que acabaría destruyéndola. No podía dejar de pensar que era cuestión de tiempo que ella fuera a dejar de estar ahí para siempre.  

Al regresar a su casa después de haber sido dados de alta, la madre le prohibió a Josh el uso del móvil, las quedadas con sus amigos o simplemente el hecho de estar solo, estaría siempre cerca de alguien que le supervisara y, por supuesto, no iría de viaje con su mejor amigo. El joven suspiró y se quejó, pero no tenía otra opción. Cada vez que iba al baño, o su hermano Blake o su madre estaban ahí, lo mismo pasaba cuando se quedaba en su habitación o en el salón, siempre había alguien vigilándole, y ya se estaba empezando a cansar. 

Era ya 20 de diciembre e iban a partir en un par de días hacia la casa del monte, por todo ello, en su único momento solo, en mitad de la noche, Josh aprovechó para salir e irse con su amigo de viaje, ya que lo habían estado planeando durante ese tiempo. Al salir, se aseguró de dejar una nota. Horas más tarde, la madre la leyó, pero cansada de que no le hiciera caso, se tumbó en el sofá, como le había ordenado el médico y no hizo nada al respecto. Por otro lado, el hijo mediano le vino con la noticia de que pasaría las fiestas con su futura esposa y de que le era imposible ir al encuentro familiar. Iban a partir en dos días y nada parecía en orden. Esa noche, hacia las nueve, el teléfono de casa comenzó a sonar. Era Noah, acompañado de la voz de su jefe, ambos gritando de la emoción:

-¡Mamá, van a hacer la segunda parte de la película y me quieren para su rodaje!- exclamó Noah.

-¡Qué bien hijo! ¿Y cuándo sería? -preguntó, por curiosidad, su madre.

-Se grabará durante estas Navidades, porque debe ser de temática navideña -afirmó Noah.

-¡Qué pena, hijo! No podremos vernos, pero debes conseguir tus metas -respondió la madre, con el ánimo triste.

- Lo siento, mamá... El año que viene estaremos todos juntos, te lo prometo. Ahora tengo que colgarte- se despidió Noah, que sonaba desanimado. 

- Adiós, hijo... -se despidió la madre.

A esas alturas parecía que solo iba a estar con su marido. Al menos se había estado preocupando por ella, escribiéndole mensajes o dedicándole detalles de vez en cuando. Él ya tenía su vuelo para volver el 21 de diciembre, es decir, al día siguiente. Así lo hizo. Volvió para estar junto a su esposa. Pasaron dos días y estuvieron muy unidos después de mucho tiempo. El padre hacía la comida y la ayudaba en todo lo que no había podido hacer los meses anteriores. Pusieron música navideña y, sin duda, pasaron una gran Nochebuena en la casa, pero la madre no paraba de lamentarse porque sus hijos no estuvieran allí. 

Todo parecía en orden, hasta la mañana siguiente. La madre se levantó con mareos, vómitos y dolores insoportables. Su marido la llevó corriendo al hospital y la metieron en la UCI nada más llegar. Le hicieron uno de sus tratamientos intensivos para poder frenar el cáncer, que no paraba de extenderse. Pasaron unas horas en las que la madre no se despertaba y el padre no podía parar de llorar, dando por hecho que no se podía hacer nada más. Todo era peor porque sabía que ninguno de sus hijos estaba allí para apoyarla. Pasadas tres horas desde la intervención quirúrgica, llegaron los resultados y el médico no parecía deprimido, de hecho, se mostraba muy sobresaltado:

-¡Señor, acaba de pasar algo que jamás había ocurrido antes! -exclamó, con emoción, el doctor.

-¡¿QUÉ PASA?! -se alarmó el marido.

-Hemos conseguido frenar el tumor de su esposa, que parecía imposible. Había adquirido una expansión inmensa y el tejido parecía muy dañado. Hemos detectado unas células intactas a lo largo del hígado, por lo que hemos podido interferir creando una especie de barrera para frenarlo, algo que es bastante extraño debido a que siempre suelen verse afectadas -comentó el doctor.

-¡SE TRATA DE UN MILAGRO DE NAVIDAD! -exclamó el padre, llorando, esta vez, de alegría.

El médico se retiró y dejó solo al padre. En ese preciso instante éste cogió su móvil y llamó a sus hijos mayores: Noah y Blake. Ellos le preguntaron qué ocurría y su padre dijo que su madre había estado apunto de fallecer y que a la vez sufría una gran depresión por no poder pasar la Navidad con sus hijos, por lo que les pidió que, por favor, volvieran a casa y así podrían, al menos, celebrar Año Nuevo juntos. Éstos accedieron y pidieron perdón. Por último, pasada media hora, llamó a Josh, el más problemático:

-¿Qué tal, papá? -preguntó el hijo, con una voz quebrada -Antes de que digas nada, ya me lo ha contado todo Noah. Soy un desgraciado, no he obedecido a nada de lo que me han dicho, he hecho demasiadas tonterías que acabaron, por suerte, en un susto. Sé que he sido un mal hijo durante todo este tiempo, sin ayudar, sin mostrar ningún símbolo de cariño a mi madre, despreciando todo lo que hacía, cuando ella sólo quería que me sintiese a salvo y querido. Y lo que más me duele es que me he dado cuenta de todo esto cuando de verdad ha pasado algo grave. Jamás me habría perdonado que a mamá le hubiera pasado algo por mi falta de madurez. Perdóname, papá.

-Hijo, quiero que vengas aquí ya. Cógete un avión en los próximos días y ya hablarás con tu madre, pero lo que has hecho es muy grave y no creo que ella se merezca nada de lo que ha pasado-respondió el padre.

Pasaron los días y la madre ya había sido trasladada a planta, aunque seguía con continuas supervisiones. Llegó el 31 de diciembre y, por la mañana, llegaron Noah y Josh. Blake llegó a la hora de comer. Todos fueron a visitar a su madre y se quedaron hablando con ella, excepto Josh, que se sentía muy avergonzado. Cuando los dos mayores salieron de la habitación, Josh fue empujado por su padre para que hablara con ella. Ella, a pesar de lo que había pasado, se alegraba mucho de verle.

-¡Hijo, qué alegría verte! -exclamó la madre.

-Mamá, de verdad que siento todo lo que ha pasado. Me alegro mucho de que estés bien y estoy deseando que vayamos a la casa de la montaña. Me he dado cuenta de que no importa el lugar, sino la gente que te rodea. Espero que puedas perdonarme. -sentenció Josh, avergonzado.

-Claro que sí, Josh. A pesar de todo, siempre serás mi hijo y tendré que aguantarte con todos tus defectos -respondió la madre, entusiasmada.

Para terminar, se abrazaron. A continuación, se les unieron todos los demás. La familia Harris pasó la Nochevieja y el Año Nuevo en una habitación de hospital, pero estaban todos juntos. A pesar de haber estado tan separados durante los últimos años, a pesar de haber sufrido tanto, a pesar de haber dejado a su madre sola, al final lo que importó fue que, en las malas, estuvieron los unos con los otros. Definitivamente, fue la magia de la Navidad.


Relato Navideño de Marina Sanjurjo, alumna de 1º de Bachillerato B, a propuesta de su profesora Sandra Hidalgo para su materia de Literatura Universal.

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