En 1992

23 de diciembre de 1992, 22:47 Las sirenas rugían por toda la ciudad. Las televisiones de los escaparates llenos de luces mostraban el rostro sonriente de un niño, de unos ocho o nueve años que estaba junto a su madre. Mientras la fotografía aparecía en la pantalla, el noticiero anunciaba su desaparición, hacía apenas unas […]

23 de diciembre de 1992, 22:47

Las sirenas rugían por toda la ciudad. Las televisiones de los escaparates llenos de luces mostraban el rostro sonriente de un niño, de unos ocho o nueve años que estaba junto a su madre. Mientras la fotografía aparecía en la pantalla, el noticiero anunciaba su desaparición, hacía apenas unas horas, junto al parque al que acudían todos los niños de los suburbios. Las calles pronto se llenaron de vecinos caminando de un lado a otro con linternas en sus manos, en busca de Bruno. Entre la multitud, una mujer de unos cuarenta años de edad lloraba desconsoladamente agarrada al que parecía su marido, un hombre alto y de pelo castaño, con el rostro entristecido por la desaparición de su hijo. Los policías intentaban recabar información sobre la última vez que vieron al niño, las personas que andaban por la zona en ese momento o los motivos por los que podría haber desaparecido. Las arboledas de los parques, antes oscuras y solitarias , ahora eran recorridas por redadas de rescate gritando el nombre del chico, sin encontrar respuesta, y llenando de frustración a los voluntarios.

 

23 de diciembre de 1992, 23:52

La sala estaba casi vacía. Una chica esperando, un señor mayor casi dormido y un adolescente llamando a su padre. La madre del niño ahora estaba en la sala, dando detalles acerca de su hijo, su situación familiar, la última vez que fue visto… El comisario intentaba calmarla, prometiéndole que encontrarían al chico antes o después; aunque en el fondo, no lo tenía tan claro. Bruno llevaba seis horas desaparecido, y, aunque no era mucho para lo que veían a menudo, no parecía que fuese a mejorar la situación a corto plazo. Quizás se hubiese escapado de su casa en un ataque de ira y no hacía falta preocuparse, pero todavía se encontraba vigente la posibilidad de un secuestro. No eran muy recurrentes, pero eso no significaba que no pudiese pasar. Según la madre, Bruno había salido de casa hacia las seis de la tarde, diciendo que volvería en media hora porque iba a dar comida a los pájaros, y no parecía estar enfadado ni inquieto. Pasadas las dos horas, la preocupación se hizo vigente en la casa, comenzaron a llamar a los vecinos para saber si sus hijos habían estado juntos, salieron a buscarle, llamaron a la policía, y así fue como empezó la búsqueda del niño. 

Un hombre entró en la sala de la comisaría, donde la mujer hablaba sin parar al policía:

-Señora, váyase a su casa, estaremos pendientes de su hijo durante toda la noche. La avisaremos con cualquier novedad, pero, por ahora, descanse.- Dijo el hombre.

-¿Cómo quiere que me vaya a mi casa a descansar sabiendo que mi hijo está perdido por algún lugar de esta ciudad, o incluso secuestrado por un loco de la calle?.- Sollozó la mujer.

Finalmente, después de una larga discusión, la señora se marchó del edificio, enfurecida, hacia su hogar. En el coche, miraba constantemente a ambos lados de la carretera, en busca de algún indicio de la desaparición, pero solo veía bolsas de basura de vez en cuando, algún hombre durmiendo en la calle y, en ocasiones, a algún transeúnte paseando sin rumbo aparente. 

 

24 de diciembre de 1992, 7:34

El teléfono sonó estruendosamente en toda la casa, hasta que consiguió despertar a los que vivían en ella. El hombre que antes consolaba a su mujer en la calle, bajaba ahora las escaleras rápidamente preguntándose quién podría llamar a esas horas. Una vez llegó al piso de abajo, cogió el teléfono y escuchó la voz de un hombre:

-Buenos días, por favor, necesitamos que venga inmediatamente a comisaría. Tenemos a una testigo que afirma haber visto a su hijo con un hombre muy mayor, canoso y barbudo. 

 Una sonrisa se dibujó en la boca del padre y subió corriendo las escaleras llamando a su mujer. Cuando llegaron al edificio, este estaba vacío, apenas unos cuantos policías se encontraban en la sala, y algunos de ellos tecleaban silenciosamente en unos ordenadores antiguos mientras sonaba una música de ascensor de fondo. La pareja se apresuró a la entrada preguntando por la llamada. Aparentemente, una mujer de unos treinta años afirmaba haber visto a un niño con las características de Bruno acompañando tranquilamente a un señor por entre la maleza del parque y, creyendo que eran abuelo y nieto, no le dio más importancia, hasta que vio las noticias esa misma mañana antes de salir al trabajo. 

-Y, ¿qué hacemos ahora?- Preguntó la mujer.  

-Hemos avisado a las demás unidades y a los vecinos de la zona. Ya están en búsqueda exhaustiva de vuestro hijo, no tardará en aparecer.- Replicó el comisario. 

 La pareja salió del edificio con un sentimiento agridulce. Alegres por las buenas noticias, pero, a la vez, preocupados: ¿y si no fuese a aparecer nunca? Era una posibilidad que no descartaban, pues el hombre se lo podría haber llevado a algún lugar y a lo mejor no le volvían a ver. 

-Le encontraremos.- Dijo el padre. 

 

24 de diciembre de 1992, 11:13

Los coches se acumulaban alrededor de un edificio derruido. Las luces de las sirenas se veían desde la acera de enfrente, la cual se había llenado de caminantes mirando y acercándose a la zona para saber qué había ocurrido. Los periodistas llegaron en camionetas con las cámaras y narrando lo que estaba sucediendo. Un hombre mayor salía del edificio esposado y casi sin poder moverse por el desgaste que le habían traído los años. Caminaba a zancadas y con la cabeza mirando al suelo; sus zapatos estaban rotos y se le veían los calcetines por entre las roturas. Llevaba una camisa que parecía no haber sido lavada en años, y su pelo y barba estaban enredados en enormes nudos.

Detrás del hombre salió un niño pequeño, con una manta cubriéndole el cuerpo y parte de la cabeza, intentando librarse de los policías que le sujetaban, gritando: “¡Suéltenle, suéltenle, por favor! ¡Él no ha hecho nada malo!”. Una vez fuera, a la luz del sol, un hombre y una mujer salieron desesperadamente a abrazarle, su hijo estaba de vuelta. La multitud vitoreó a la familia e increpó al señor que ahora se subía, escoltado, al coche de policía. Bruno devolvió el abrazo a sus padres y, acto seguido, les suplicó que hicieran algo para que no se llevasen al hombre.

- Hijo, ese es un señor malo, tiene que irse con los policías y ellos verán qué tienen que hacer con él.- Le contestó su madre.

- ¡Pero él es inocente! ¡No ha hecho nada malo! - Gritó el niño, desesperado.

- Vámonos a casa, Bruno, que estás cansado.- Dijo el padre.

 

24 de diciembre de 1992, 16:57

Bruno se despertó en su habitación, no sabía qué hora era. Había estado durmiendo desde que llegó a su casa. Bajó las escaleras y se quedó quieto escuchando la voz de sus padres y de una mujer desconocida. 

-El hombre que visteis antes entrando al coche de policía era un vagabundo que solía dormir en el edificio derruido. Una pareja escuchó ruidos en el interior, se asomaron, y encontraron a vuestro hijo hablando con el señor mientras jugaban con unas cartas. 

Acto seguido, Bruno salió de donde se había escondido y contó todo lo que había pasado y la razón por la que aquel hombre era inocente. El chico había salido al parque a alimentar a los pájaros y se encontró a Juan, un vagabundo sentado en un banco haciendo lo mismo que él. Bruno comenzó a hablar con él, preguntándole sobre su vida, sobre cómo había llegado hasta allí, si tenía familia, hijos… Juan no tenía familia. Su mujer había fallecido unos años después de casarse y nunca llegaron a tener hijos. Además, era hijo único, así que no tenía hermanos, y después de que le quitaran la casa había perdido todos los amigos que tenía. Bruno sabía que tenía que volver a casa, pero siguió hablando con él, no le quería dejar solo el día antes de Navidad. 

Pasearon entre las arboledas hablando sobre la vida, pero el hombre era muy mayor y no pudo aguantar tanto tiempo de pie, así que se dirigieron hacia donde él solía dormir: un edificio derruido y abandonado que solía ser un orfanato. Una vez dentro, se sentaron en unos colchones viejos y se taparon con mantas rotas. Bruno tenía que volver a su casa, pero no sabía el camino de vuelta, y Juan no podía moverse a causa del frío que había invadido su cuerpo, así que decidió quedarse a dormir en el edificio. Este estaba muy apartado de los principales barrios, y no estaba muy habitado, únicamente había personas como Juan. 

Fue al día siguiente cuando una pareja perdida caminaba por sus calles cuando se asomaron a las ruinas y se encontraron a los dos jugando. Inmediatamente llamaron a la policía porque habían visto las fotos de Bruno por la ciudad. 

-Mamá, tenemos que sacarle de allí, él no hizo nada malo. Fui yo el que decidí ir con él.- Dijo el niño. 

 -Bruno, ese señor no tendría que haber hablado contigo, ni haberte llevado a ese sitio.-Le reprendió su madre.

 -Pero fui yo el que quiso ir con él. Quiero que le suelten, no se merece que le hagan esto por mi culpa.

 -Veremos lo que se puede hacer.- Concluyó la agente.

 

24 de diciembre de 1992, 19:24

 La madre de Bruno entró en la sala donde se encontraba Juan, sentado en una silla, el único mueble de la estancia. Hablaron durante una hora sobre lo que había ocurrido durante las últimas veinticuatro horas. La mujer conoció la historia del señor, y de cómo había acabado sin casa y sin nadie con quien hablar. Se le veía afligido por lo sucedido y no paraba de pedir disculpas por las preocupaciones que podía haber causado; simplemente quería tener a alguien con quien conversar, y Bruno fue el primero que le dirigía la palabra en años. La cena de Nochebuena estaba a punto de llegar y, al ver que era un buen hombre, la madre del chico le invitó a cenar con ellos. Al fin y al cabo, de eso se trataba la Navidad, de dar sin querer recibir nada a cambio, tanto a las personas que lo necesitan, como a las que quieres. 

 Una vez terminada la cumplimentación de los papeles para que fuese libre de nuevo, Juan salió de la sala y se encontró con la mirada de felicidad de Bruno. El niño saltó de la silla y fue a abrazarle con todas las fuerzas que le quedaban. 

-¡Cuidado, no me tires al suelo! Ya sabes que no tengo mucho equilibrio…- Dijo, riéndose, el hombre.

-Va a venir a cenar con nosotros, Bruno, así que ya sabes… Tienes que ayudar a que el invitado se sienta como en casa.-Habló su madre.

-¡BIEN! Ya verás, te voy a enseñar todos mis juguetes.- Le comentó el chico a Juan.

 

24 de diciembre de 1992, 22:13

 Las manos se movían de un lado a otro de la mesa. Se servían pollo asado, puré de patatas, verduras… Contaban historias, comían y reían. En ese momento, la Navidad volvió a cobrar sentido para Juan, había encontrado a personas que le apreciaban y que habían decidido ayudarle a ser más feliz, después de todo lo que le había ocurrido. Su vida cambió en el momento en que aquel niño que hablaba sin parar a su lado en la mesa, se había sentado con él en el banco del parque. ¿Qué habría pasado si hubiese tomado otro camino esa tarde? Prefería no imaginarlo. Como solían decir los cuentos navideños, había sido un milagro de la Navidad.


Relato Navideño de Lucía Corral, alumna de 1º de Bachillerato B, a propuesta de su profesora Sandra Hidalgo para su materia de Literatura Universal. 

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