Amarga Navidad

El veinticuatro de diciembre era miércoles, lo recuerdo claramente. Había nieve por todas partes y la gente estaba feliz por Navidad. Me desperté ansioso y preparé mis cosas para ver a mis amigos en una cafetería cerca de las montañas. Caminé veinte minutos mientras la nieve caía sobre mis hombros y mi cabeza. Estaba congelado […]

El veinticuatro de diciembre era miércoles, lo recuerdo claramente. Había nieve por todas partes y la gente estaba feliz por Navidad. Me desperté ansioso y preparé mis cosas para ver a mis amigos en una cafetería cerca de las montañas. Caminé veinte minutos mientras la nieve caía sobre mis hombros y mi cabeza. Estaba congelado pero no me importaba, estaba contento. Cuando llegué al lugar aún no habían llegado mis amigos. Pero pude ver que estaba Juan, un viejo amigo de la infancia que también lo era de los que estaban por llegar , era un muchacho de cabello largo y complexión delgada con un gran sentido del humor. Le grité en ese momento:

-¡Ey, Juan!

-Hola, amigo, ¡cuánto tiempo sin vernos!- contestó, sorprendido.

-¿Qué tal todo?¿Qué cuentas?

-Nada, viejo amigo- dijo en voz baja - solo aquí esperando que se acabe el día.

En ese instante, y con tan solo escuchar esas palabras, me di cuenta de que le pasaba algo. No podía dejarlo ahí, así que le dije:

-¿Por qué no vienes conmigo? Estoy esperando a unos amigos para ir a las montañas. Puedes ir con nosotros si quieres.

-Vale, no tengo nada que hacer, así que puedo ir.

Estuvimos conversando durante 10 minutos hasta que los demás llegaron. Al verlo ahí conmigo mis amigos se sorprendieron y se acercaron a saludarlo. Alejandro y Sebastián eran sus nombres, ambos eran muy agradables y siempre apoyaban a sus amigos cuando lo necesitaban. Estaban de acuerdo con que Juan nos acompañara a las montañas. 

Nos fuimos de la cafetería exactamente a las once de la mañana. No se veía el sol, estaba todo cubierto por un inmenso manto de neblina que no dejaba ver más allá de diez metros. Empezamos a caminar en dirección a la montañas y, conforme íbamos avanzando, se dejaba de ver el pueblo. Mientras caminábamos conversé con Juan y, por lo que me contó, pude ver que había sufrido bastante últimamente. Aún así, mientras subíamos la montaña lo veía más tranquilo y con actitud positiva. Yo estaba feliz porque me había reencontrado con un viejo amigo y era víspera de Navidad: todo iba bien.

Pasó una hora y, por fin, llegamos hasta lo más alto de la montaña. Apenas se podían apreciar los débiles destellos de las luces navideñas que cubrían el pueblo entero. Nos tomamos dos minutos para admirar la hermosa vista que teníamos. El ambiente era de total tranquilidad, por lo que decidimos quedarnos allí e instalar una tienda de campaña que Alejandro cargaba.

-Pondré la tienda aquí, ¿está bien? - dijo Alejandro.

-Sí, está bien- contestaron Juan y Sebastián.

Instalamos la tienda de campaña e hicimos una fogata. Nuestro plan era estar allí conversando entre nosotros mientras esperábamos a que cayera la noche. Cada uno contó historias. Hablábamos sobre experiencias que nos habían pasado a cada uno de nosotros y fue entonces cuando me di cuenta de que, en realidad, no conocía a mis amigos. Los tres contaron historias que jamás habían contado antes. Fue el mejor día del año, todo era felicidad. Por un instante en todo el año me sentí despreocupado, con una tranquilidad interna que me hacía estar en paz con todo.

 Entonces, ocurrió lo peor que podía pasar: la tierra comenzó a moverse repentinamente. Los cuatro nos miramos asustados y sin saber qué hacer. No pasaron más de dos segundos cuando se escuchó un ruido proveniente de la misma montaña. Todos nos quedamos inmóviles.

-¿Qué es ese ruido?- dijo Sebastián, asustado.

-¡Parece que esto se va a derrumbar!- contestó Juan.

-¡No se muevan!- les dije- ¡Rápido! ¡Guarden lo que puedan, nos tenemos que ir!

 Rápidamente comenzamos a guardar nuestras cosas, pero cuando intentamos bajar, el otro extremo de la montaña ya había empezado a derrumbarse y el camino por el que habíamos subido ya no estaba. Sin pensarlo dos veces, bajamos por el otro lado de la montaña, pero era demasiado tarde. Juan y Alejandro iban delante y, cuando pisaron esa parte de la montaña, se derrumbó y ambos cayeron con ésta.

- ¡CUIDADO!- les gritamos Sebastián y yo.

Al ver esto, me quedé tan impactado que se me heló la sangre y caí sobre la nieve. Del mismo modo, Sebastián se sorprendió, pero reaccionó rápidamente y me levantó. No podíamos bajar y, aunque fueron diez segundos sin saber qué hacer, para mí se sintió como una eternidad. Cuando íbamos a descender, la parte en la que estábamos parados se derrumbó. Sebastián cayó antes que yo y fue cubierto por una gran cantidad de nieve. Fue ahí cuando me di cuenta de que ya no había nada más que hacer. Solo me sujeté de un enorme pino y esperé a caer junto con él. Entonces, ocurrió un milagro: el pino del que estaba sujeto se atascó en una parte de la montaña y, mientras la avalancha pasaba, yo veía cómo la nieve llegaba hasta el pueblo. 

Minutos después, cuando deduje que ya no había movimiento, decidí bajar al pueblo. Habían casas que estaban totalmente cubiertas de nieve. Todo era un caos. Llegaron los rescatistas a ayudar a la gente del pueblo y les dije lo que había ocurrido. Me dijeron que me quedara en el pueblo mientras ellos hacían su trabajo. Al día siguiente, encontraron los tres cuerpos de mis amigos debajo de la nieve. 

Fue una amarga Navidad. Tuve que testificar lo sucedido y tardé bastante tiempo en superarlo. Todas las Navidades, cuando aquella montaña se cubre de nieve, subo a lo más alto a poner una tienda de campaña y a hacer una fogata. Siempre con el mismo deseo de poder compartir una Navidad con mis amigos y poder conversar con ellos como en algún momento pudo haber sucedido...


Relato Navideño de Juan Fernando Ramírez, alumno de 1º de Bachillerato B, a propuesta de su profesora Sandra Hidalgo para su materia de Literatura Universal. 

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